Después del terremoto, todo quedó en silencio y fue quizá uno de los silencios más ruidosos que hemos vivido. Recibe un abrazo profundo y solidario que te recuerde que desde el otro lado alguien te acompaña. Y a quienes partieron físicamente, nuestro recuerdo y respeto.
Desde el 10 de agosto de 2026, todos los habitantes de Colombia quedamos atrapados en el tiempo. Estar alerta a cualquier vibración, revisar las paredes, dormir vestidos, mirar las puertas y llamar continuamente a nuestros familiares son intentos de recuperar aquello que durante unos segundos perdimos: la protección y la sensación de control frente a algo esencialmente incontrolable. La situación no finalizó cuando la tierra dejó de moverse. Ahora comienza, de distintas maneras, una etapa de reconstrucción. Sin olvidar que debemos reconstruir algo preciado que damos por sentado en nuestra calidad de humanos: la sensación de seguridad.
No solo vivimos un duelo cuando perdemos a alguien. Las pérdidas pueden ser muchas: materiales, simbólicas, relacionales y/o territoriales. El espacio que habitamos cambió; el dolor de otros nos duele, nos aleja o nos paraliza. Muchos hemos experimentado distintas formas de miedo, tristeza, incertidumbre o preocupación, y para quienes perdieron su casa, su barrio, sus familias, sus mascotas o sus amigos, comenzó además un proceso de duelo. Todos lo vivimos de forma diversa. Después de una experiencia amenazante, nuestro sistema de alarma cerebral aprende que aquello que parecía estable puede desaparecer en segundos y necesita tiempo para volver a reconocer el entorno como seguro.
Tener miedo no significa tener un trastorno. Llorar, estar irritable, necesitar compañía, sobresaltarse o revisar constantemente las noticias pueden ser respuestas esperables después de un evento de gran magnitud, como lo fue el terremoto, y pueden disminuir con el tiempo, cuando se recuperan la seguridad, la estabilidad y el apoyo. Lo que merece mayor atención es cuando ese malestar se mantiene, aumenta o empieza a limitar la vida cotidiana.
Por ejemplo:
La experiencia vuelve una y otra vez: los recuerdos son involuntarios y muy intensos, aparecen pesadillas, imágenes o sensaciones de estar reviviendo lo ocurrido.
El cuerpo permanece en alerta: se presentan sobresaltos, tensión constante, dificultad importante para poder dormir o sensación de estar en peligro.
Comenzar a evitar: lugares, conversaciones, noticias, personas o situaciones que recuerden lo ocurrido.
La vida comienza a cambiar significativamente: cuesta trabajar, estudiar, cuidar de la familia o de los hijos, o realizar actividades básicas que antes eran posibles.
No es necesario esperar a que pase mucho tiempo para pedir ayuda. Si el sufrimiento es intenso, buscar apoyo profesional es adecuado desde el inicio.
Colombia también tiene una historia. La tragedia no ocurre en una página en blanco; cada persona reacciona desde su propia experiencia y, por eso, después de una tragedia no todos necesitamos lo mismo. No hay una única ni mejor manera de reaccionar. Quizá por eso, en momentos como estos, además de preguntarnos ¿cómo podemos ayudar?, debemos detenernos a pensar ¿qué necesita esta persona para volver a sentirse segura?
A veces será una vivienda, encontrar a alguien, dormir acompañada o recuperar la rutina; otras veces, podrá ser hablar de lo ocurrido con alguien que sepa escuchar sin apresurarse a decirle que debería estar bien. Reconstruirse no es solo levantar paredes; implica recuperar vínculos, rutinas, confianza y la posibilidad de volver a imaginar un futuro. Esta reconstrucción no ocurre al mismo ritmo para todos.
No se trata de olvidar lo ocurrido, tampoco de regresar rápidamente a quienes éramos antes. A veces significa aprender a vivir en un mundo que cambió y, poco a poco, encontrar nuevas formas de habitarlo. Así que es importante sentir, cuidarnos, ir más despacio cuando el cuerpo lo necesite, buscar compañía si estar solos pesa demasiado, permitirnos descansar sin culpa y reconocer cuando lo que estamos sintiendo necesita algo más de tiempo. Pero quizá cuidarnos también implica algo más difícil: mirar cómo queremos vivir después de recordar, una vez más, que la vida puede cambiar en un instante. ¿Qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos?
Una tragedia no tiene por qué convertirse en una lección que debemos agradecer. Hay pérdidas que simplemente duelen y que nunca debieron ocurrir. Pero podemos permitir que lo ocurrido nos recuerde algo que con facilidad olvidamos en la rutina: nuestra vida no está garantizada y, precisamente por eso, merece ser habitada con mayor presencia.
Después de que la tierra se mueve, algunas cosas necesitan reconstruirse. Y otras, quizá, necesitan empezar a vivirse de una manera diferente.
Por: Psicóloga Jenny Paola Peña Hernández.