¿Alguna vez una canción te ha transportado inmediatamente a otro momento de tu vida?, ¿O has sentido un olor y, sin darte cuenta, has pensado: “¡Esto me recuerda a mi infancia!”?

¡Eso es la memoria afectiva haciendo de las suyas!

Nuestra memoria no funciona como una simple caja donde guardamos datos, fechas y nombres. También almacena emociones, personas, lugares, canciones, sabores, fotografías y momentos que tuvieron un significado especial.

Y cuando hablamos de los adultos mayores, esos recuerdos pueden convertirse en algo muy valioso: una manera de mantener conectado el pasado con el presente y de recordar quiénes somos.

Porque cumplir años cambia muchas cosas… pero no borra nuestra historia.

La memoria afectiva: mucho más que recordar

La memoria afectiva está relacionada con aquellos recuerdos que tienen una fuerte carga emocional, por eso, podemos olvidar dónde dejamos las llaves hace cinco minutos, pero recordar perfectamente la canción que sonaba cuando conocimos a alguien especial hace 40 años. ¿Por qué?

Porque las experiencias acompañadas de emociones importantes pueden dejar una huella profunda en nuestra memoria:

Una canción puede despertar alegría.
Una fotografía puede traer nostalgia.
El aroma de una comida puede transportarnos a la cocina de nuestra infancia.
Un objeto antiguo puede hacernos pensar inmediatamente en alguien que ya no está.

Es como si nuestro cerebro tuviera pequeñas “puertas” hacia diferentes momentos de nuestra vida… y algunos recuerdos supieran exactamente qué llave utilizar.

“¡Esa historia ya me la contaste!”

Seguro muchas familias han vivido esta escena: —“Abuelo, esa historia ya nos la contaste”

Y el abuelo responde: —“¡Sí, pero ustedes no se acuerdan de todos los detalles!”

Más allá de la anécdota, contar historias puede tener un significado importante.

Cuando una persona mayor habla de su infancia, de su juventud, de su trabajo, de sus hijos, de sus amistades o de momentos importantes de su vida, no solamente está contando “cosas que pasaron”, también está expresando: “Esto forma parte de quien soy.”

Los recuerdos ayudan a mantener un sentido de continuidad personal. Permiten conectar a la persona que fuimos con la persona que somos hoy.

Nuestra identidad está hecha de muchas piezas

Podemos imaginar la identidad como un gran rompecabezas, cada etapa de la vida aporta una pieza: la infancia, adolescencia, trabajo, los amores y las amistades, la familia, logros, momentos difíciles y aprendizajes.

Con los años, el rompecabezas se hace cada vez más grande, algunas piezas pueden cambiar de lugar y otras pueden volverse menos visibles, pero siguen formando parte de la imagen, por eso, cuando un adulto mayor recuerda su historia, también está reconociendo las diferentes versiones de sí mismo que ha construido a lo largo del camino. No somos solamente lo que hacemos hoy, también somos todo aquello que hemos vivido, aprendido y amado.

Una fotografía puede abrir una conversación

Imaginemos que encontramos una fotografía antigua.

Podemos verla simplemente como una imagen… o podemos convertirla en una puerta para conversar.

“¿Quiénes aparecen aquí?”
“¿Dónde estaban?”
“¿Qué estaba pasando ese día?”
“¿Cómo era la vida en esa época?”
“¿Qué sentías en ese momento?”

De repente, una fotografía silenciosa se transforma en una historia, y aquí aparece algo muy bonito “escuchar los recuerdos también fortalece los vínculos”

Cuando preguntamos por la historia de una persona mayor, le estamos diciendo: “Me interesa conocerte. Tu experiencia importa. Quiero saber quién eres más allá de tu edad.”

Recordar no significa vivir en el pasado

Aquí hay algo importante. Hablar de recuerdos no significa que la persona mayor tenga que quedarse viviendo en “los buenos tiempos”, el pasado puede ser una fuente de aprendizaje, pero el presente sigue teniendo mucho por ofrecer.

Una persona puede recordar que atravesó dificultades y reconocer su capacidad para salir adelante, puede recordar actividades que disfrutaba y buscar nuevas formas de realizarlas, puede recordar personas importantes y valorar los vínculos que todavía conserva, puede mirar todo lo vivido y preguntarse: “Después de todo lo que he aprendido, ¿qué quiero hacer con esta etapa de mi vida?”.

Porque la historia no termina en el último capítulo escrito, siempre puede aparecer una página nueva y sí… algunos recuerdos también duelen. No todos los recuerdos vienen acompañados de una sonrisa, hay recuerdos de pérdidas, separaciones, conflictos, enfermedades, decisiones difíciles o personas que ya no están. Por eso, escuchar la historia de una persona mayor requiere respeto y sensibilidad.

No se trata de decir: “¡Recuerda cosas bonitas y ya!”

Se trata de permitir que pueda hablar de su historia completa: de lo bueno, lo difícil, lo que extraña, lo que aprendió y también de aquello que todavía necesita elaborar. Y si determinados recuerdos provocan un sufrimiento intenso o persistente, el acompañamiento psicológico puede ser un recurso importante.

Escuchar también es una forma de cuidar

Cuando escuchamos a un adulto mayor contar su historia, no estamos simplemente “pasando el tiempo”, estamos ayudando a mantener vivos recuerdos, vínculos y significados.

Estamos reconociendo que detrás de una persona mayor hay una historia enorme que merece ser escuchada y quizá algo tan sencillo como preguntar: “Cuéntame, ¿cómo era tu vida cuando tenías mi edad?” pueda abrir una conversación que nadie esperaba.

Además, podemos descubrir algo maravilloso: mientras escuchamos sus recuerdos, también construimos los nuestros.

La historia continúa

La memoria afectiva nos permite mirar hacia atrás y reconocer el camino recorrido, pero no tiene por qué detenernos allí. Los recuerdos pueden ayudarnos a reconocer nuestras fortalezas, valorar nuestros vínculos y comprender mejor quiénes somos y en la adultez mayor, esto puede ser especialmente significativo, porque envejecer no significa dejar de construir identidad, significa tener una historia más larga, más experiencias acumuladas y, muchas veces, más historias para contar.

Así que la próxima vez que un adulto mayor nos cuente por quinta vez aquella anécdota que ya conocemos, quizá podamos cambiar la respuesta:

En lugar de decir: “¡Eso ya me lo contaste!”

podemos decir: “Sí, me acuerdo… pero cuéntamela otra vez. Quiero escucharte.” ❤️

Autor:

Psic. Faridhe Pontón

Asesor Familiar de Duelo